Xavi y la huida hacia adelante

Xavi Hernández acaba de cumplir los 40. La crisis de los 40 llegan en forma de regalo envenenado, de huída hacia adelante, de plan sin guion alguno. El FC Barcelona de Josep Maria Bartomeu se ha acostumbrado a trabajar de cara a la galería, buscando el aplauso del culé medio y el título como modo de gobernanza, olvidando el pasado reciente del club, ignorando sus gestas y sus valores. Bartomeu, consciente de las críticas, de su figura y de lo que quiere el culé, ha ido a Qatar a buscar la única pieza que genera consenso y, sobre todo, que se reencuentra con el “estilo”, una palabra que de tanto usarla ya no sabemos qué quiere decir. Dando palos de ciego, el Barça sigue buscando dónde agarrarse.

Desde que se fue, en junio de 2015, su nombre ha estado ligado al banquillo del FC Barcelona. Xavi es el Barça. Personifica la constancia, el talento invisible, el cerebro, la jerarquía. El futuro se ha precipitado. El Barça hace ya muchos años que tiene un reloj interno propio, deslavazado, y funciona con políticas cortoplacistas, que atraen el flash del aficionado y la prensa, pero que nunca logran, quizás porque tampoco quieren, crear un proyecto. El proyecto es que no hay un proyecto como tal. “Hasta que dure Messi”, pensarán algunos. Y en este frenesí a contrarreloj, Bartomeu ha ido añadiendo estrellas, cambiando la política de fichajes; primero jugadores contrastados (Suárez, Rakitic), después jóvenes promesas (Denis, André Gomes, Umtiti) y finalmente acudir al talonario como método persuasivo (Coutinho, Dembélé, Griezmann). No hay un rumbo que se adivine cercano en las instancias más altas del club.

Y tampoco hay final feliz. Bartomeu y su séquito van a negociar a cara descubierta, con las cartas marcadas y gritando a los cuatro vientos qué es lo que quieren. Sucedió con Neymar, y ha vuelto a pasar con el de Terrassa. Ambos, por motivos distintos, no han acabado en el Camp Nou. Las prisas en el fútbol no te hacen llegar antes, sino peor. Y el Barça llega desaliñado, con rostro apagado y tambaleándose. Decisiones tomadas por impulsos divinos, torpes. “El mejor plan es no tener plan”, decía el Señor Kim, el patriarca de la maravillosa película coreana Parasite (2019) – que si no habéis visto, os insto a hacerlo tras leer el artículo- y parece que Bartomeu, capaz de seguir cualquier de las tácticas más descabelladas, la ha seguido a pies juntillas. Bartomeu, volviendo al cine, me recuerda al Bruno Ganz más inspirado y demente en su interpretación de Adolf Hitler en “El hundimiento”, con un Hitler entregado a la locura final, encerrado en el búnker, esperando ganar una guerra que hacía tiempo que había perdido. El plan era una huida hacia adelante que conducía hacia el abismo. Barto, en su afán por quedar como el Presidente de Messi, del Triplete y de la MSN, sigue hacia el precipicio.

Los rumores del despido de Ernesto Valverde jamás fueron tan sonoros como en Sevilla, cuando el Valencia le birló la Copa del Rey a un Barça que venía tocado seriamente de Anfield. Pero aguantó. Salió Leo Messi, y dijo que se confiaba en él. Asunto cerrado. Bartomeu, como se vio con el caso Neymar, quiere contentar al 10 sin importarle nada más que esto. Quizás hacer que Messi sonría lo es todo. Esta tercera temporada estaba marcada de muerte. Nada parecía encajar. Había un halo de desilusión ya perenne entre jugadores, aficionados. Una herida demasiado profunda como para poder sanarla. El discurso apagado, comedido y siempre conciliador del técnico extremeño dejó de tener sentido tras sendas debacles europeas. Nadie le creía ya. Pero aguantó. Porque la directiva, poco propensa a llevarle la contraria a los pesos pesados del vestuario, decidió no hacer nada. No hacer nada como ejemplo de su mandato. O ir siempre un paso por detrás de todos.

¿Qué supondría la llegada de Xavi? ¿Qué se busca con esta contratación? ¿Es el momento? Hay muchas preguntas que no tienen respuesta sencilla, o que no se puede adivinar todavía, con el acuerdo tan tierno y verde en nuestras cabezas. Xavi es recuperar un referente que, ante el éxodo de talento y referentes del estilo, se antoja como indispensable. Es echar un poquito menos al Xavi /Iniesta de no hace tanto. Bartomeu sabe que el debate entorno la figura de Valverde gira más alrededor del “estilo” que de los “resultados”. Que lo primero es consecuencia de lo segundo. En su tercer año, el FC Barcelona apenas se sabe a lo que juega, incapaz de imponerse salvo cuando el rival lo deja, como si tuviera tantas dudas y miedos internos que no supiera hacer nada más que mirar. Y Xavi, como en su día hizo Zidane, es vista como la figura de la reconciliación. Alguien que entienda mejor al club que el propio club. Sin apenas bagaje en los banquillos, el aura imponente del egarense es su mejor reclamo. El carisma que despierta, el supuesto volver a las raíces, el volver a ser valiente. Frases que son miel en los labios de cualquier aficionado culé. Y Bartomeu, asustado ante la posibilidad de que su proyecto faraónico se vaya a pique, lo sabe.

Ernesto Valverde nunca dice nada. Apenas se queja, apenas se inmuta, apenas se le adivinan sus pensamientos. Escondido tras una máscara hiératica, el entrenador es echado de su cargo cuando su equipo venía de hacer el mejor partido de la temporada. Irónico. A Bartomeu no le importa si el Barça juega bien o juega mal, de hecho dudo que lo sepa ver. Preocupado por el termómetro que es Messi, Barto actúa en consecuencia. Valverde, que jamás tuvo una falta de respeto por su club, ni una mala palabra, es tratado como si no existiese. Ignorado. El FC Barcelona es un club que de tanto ganar, se ha perdido. Y solo en la miseria nos reconocemos. Qué vuelva el Tata Martino.

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