Autopsia de un nacimiento

El FC Barcelona está muriendo institucionalmente. De hecho, se le puede hacer ya la autopsia. El aficionado tiene vía libre para hurgar en unas heridas que son como continentes, unos surcos demasiado profundos para recoserse. El club, que encadena ridículo tras ridículo, está zombie. Pero hasta en el horror hay vida, hasta en la muerte nacen cosas. El Barça de Setién echó a rodar en plena crisis, con las trifulcas internas en ebullición y el despido de Valverde embruteciendo la llegada del cántabro. Las formas ya no importan. De hecho, no importa nada. Solo salvarse el culo. Y esto, me temo, es ya una quimera. Aquí no va a quedar ni dios. Bueno, Messi, sí. Siempre nos queda el regazo infinito de nuestro Leo.

El mercado de invierno del FC Barcelona de Bartomeu & cía puede que haya sido de los episodios de gestión deportiva más chapuceros que se recuerdan en un club de máxima exigencia. La lesión de Suárez y la fragilidad del reincidente Dembélé obligaban al club a moverse con atino, a ser, por una vez en su vida, los primeros. Pero el Barça lleva ya mucho tiempo yendo a remolque de todo el mundo, como un cetáceo enorme que no puede sino seguir al grupo desde lejos. Ya no imponen, sino que miran. Se fueron Carles Pérez, Carles Aleñà y Abel Ruiz. Tres canteranos que contaban con pocos minutos y a los que se les abrió la puerta para que crecieran en otros sitios. “No os necesitamos”, fue el mensaje. Dos semanas después Ousmane se retiraba de un entrenamiento con molestias. El corazón de la culerada en un puño. Tras confirmarse una lesión de larga duración, aun sin tiempo especificado, todo lo anterior quedaba expuesto. En realidad el plan era pura y meramente económico. Lo peor de esta directiva es que nos ha quemado nuestra capacidad de sorpresa. Hemos normalizado el ridículo. Lo hemos institucionalizado y ya no nos hace ascos. O sí, pero menos de lo que debería.

Con Messi, Ansu y Griezmann, el Barça debía no competir, sino ganarlo todo. Esto es el Barça, amigos. Tres delanteros. Messi, camino de los 33, Griezmann y Fati, bisoño extremo, más niño que jugador de fútbol, con un físico que insinúa que le faltan aún muchos macarrones para gobernar a partir de sus arrancadas. El panorama, para un Setién al que se le saltaban las lágrimas en su presentación, no podía ser más desolador. A una lesión de irse todo al traste. Y ahí, en esta encrucijada donde el culé deseaba que, por una vez, la lesión de Dembélé fuera más grave de lo que se pensaba, llegó la noticia: seis meses. Se podía fichar.

Antes de analizar el fichaje, permitidme que me posicione: me parece una normativa abusiva, absurda y flagrante. Desprotege al que menos tiene y genera desigualdades incorregibles dentro de la competición. Que el Leganés, equipo molón que está peleando por no descender, se quede sin su mejor jugador es, hablando en plata, una marranada. De proporciones cósmicas. Ahora bien, acusar al Barça de cometerla me parece injusto. Es un problema de fondo, los clubes funcionan para ganar y, guste o no, ese es su modus operandi. El Barça, tras rastrear el mercado, ha decidido ir a por Martin Braithwaite.

Braithwaite tuvo un impacto brutal en el Lega cuando aterrizó en él el pasado mes de enero de 2019. Cayó en un equipo que necesitaba lo que Martin es en esencia. Hiperactividad. Un futbolista que se impone porque nunca para quieto. Jugando en una doble punta con el marroquí En- Nesyiri, Braithwaite caía hacia el costado zurdo, moviéndose por todo el frente, atacando distintos espacios, siempre buscando generar ventajas desde el movimiento. Su mayor arma es la velocidad. Es un jugador rapidísimo. La ventaja que tendrá en el FC Barcelona es que va a tener que enfocar esa velocidad a “una única vía”, y no a tantos frentes abiertos como en Butarque. Aquí, seguramente tenga hueco en el extremo izquierdo, tirando diagonales hacia dentro.

No es un jugador que se desenvuelva especialmente bien en espacios reducidos, aunque su capacidad para cambiar de ritmo y ser vertical, lo hacen un futbolista a tener en cuenta para alterar escenarios que exijan menos toques. Pero su “rol”, seguramente sea el de tirar diagonales, unas que Ansu, por poca maduración, aun no puede hacer con asiduidad. Martin tiene las piernas y la determinación para buscar esos desmarques. Y, otro punto interesante en su juego es que es un buen rematador. No tanto como su rival para el puesto, Ángel, que es de lo mejor en La Liga, pero sí un jugador decente en este apartado. No tiene los recursos del canario, pero el danés es fiero atacando el balón y certero a la hora de adivinar las costuras del central. En el Lega ha sido un martillo cuando el equipo ha tenido espacios. Su conducción es potente, vigorosa, y sin ser un superdotado técnicamente, es un jugador capaz de dirigir un contragolpe. Más por fuerza que por maña, que se diría.

El valor del danés también es importante en salida de balón. No por su participación, como lo hiciera Griezmann vs Getafe, ni por su valor posicional, sino por la amenaza que supone tener en tu equipo a un tío que capaz de correr más rápido que tu y con unos espacios suculentos. Si Griezmann baja, Messi fija y Braithwaite rompe, es difícil no imaginar situaciones ventajosas para el delantero danés. Teniendo en cuenta que no va a poder jugar Champions, su impacto residirá en Liga. Una competición que necesita de jugadores activados, de futbolistas con capacidad para adaptarse a guiones de partido dispares y sumar en ellos. El FC Barcelona pesca a un futbolista que, a sus 28 años, está ante una oportunidad única. Tras despuntar en el Tolouse junto a Ben Yedder, se le perdió la pista. Ahora, en La Liga, se ha adivinado a aquel futbolista potente, rápido y agresivo. Tener nivel Barça está al alcance de pocos, muy pocos, pero tener valor en un equipo del FC Barcelona no depende del nivel (solo) sino de la predisposición y de que tus virtudes vengan a rellenar los huecos de los defectos.

La gestión, nefasta, del FC Barcelona termina con una muerte y un nacimiento. La autopsia del nacimiento de este equipo de Quique Setién que ha nacido de una defunción, la de un club que ya no se reconoce sino en el patetismo.

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