No es un partido más

Lo mucho enfada. Hubo un tiempo no muy lejano en que El Clásico —como el amor— se nos rompió de tanto usarlo. Vivíamos deprisa. Pónme otra. Hasta seis ediciones en una misma temporada testaron nuestro estómago y en menor medida nuestros corazones, que quedaron escarmentados para siempre tras aquellos encontronazos que tanto divertían en teoría pero tanta desazón en forma de combate nulo regalaban en la práctica. Y es que abusar de los Barça-Madrid es como acudir a las urnas cada pocos meses: cansa y provoca que se esfume el significado. Las portadas del día siguiente, además, desprenden el mismo aroma a todos contentos de unas elecciones generales. Que ya no estamos para estos trotes lo comprobamos justo hace un año, cuando el azar nos brindó una réplica de menor intensidad de los terremotos de antaño, una suerte de reconocimiento médico de emociones. Pero nada. Tampoco el tríptico semanal Copa-Liga-Copa nos llenó el ojo ni despertó el pretérito fulgor que creemos echar de menos.

Lo poco agrada. Resulta por tanto saludable que un retoque de formatos y de calendario por aquí y un bajón de nivel de los dos grandes por allá hayan reducido la dosis al mínimo indispensable. De aquella agua ya bebimos; El Clásico se convirtió en El Típico y eso no podía ser. Un par de veces al año no hacen daño y si no os convenzo, echad un vistazo al desolador y pospuesto empate a nada de la primera vuelta. Pero vamos al lío. Tiene pinta de que el de esta noche en el Bernabéu será el segundo y último asalto de la temporada, y —repetid conmigo— está bien que así sea. Los Madrid-Barça son partidos en los que el ruido se impone por goleada a las nueces y como tampoco es plan de cambiar todo de golpe, en los últimos días me he dejado arrastrar por la corriente tertuliana aceptando en silencio eso de que es es un partido definitivo. Cómo somos. Hoy día pretendemos que incluso ir a por el pan sea un cara o cruz. Justo ayer leí a Enrique Ballester preguntándose “qué fue aquello tan importante que ocurrió hace dos semanas y ahora no recordamos”. Pues eso, para qué preocuparse tanto si mañana vencedores y vencidos titularán que Hay Liga.

No es un partido más. Ahora que vivimos en pleno revisionismo futbolero y los defensas entran en el área al sacar de puerta y la realización dedica más tiempo al árbitro con su índice en un pinganillo —me aterra— que a la acción del gol, propongo que se otorguen cuatro puntos al vencedor de El Clásico. O que se juegue una prórroga en caso de empate, o que regrese excepcionalmente el gol de oro (te echo de menos), o que el televoto desde casa decida el ganador. Lo que sea con tal de evitarnos insulsas declaraciones de futbolistas y entrenadores que nos recuerdan que son tres puntos, un partido más. El Clásico ni es ni debe ser un partido más porque hoy no es necesario echar un tembloroso vistazo a Livescore y comprobar si pinchó el eterno rival. Hoy ese rival está enfrente y el puño se aprieta con más fuerza cuando sumar es a la vez restar al otro. Sufrir supone que el otro disfrute y gritar dejarlo sordo. Y viceversa al infinito.

El cosquilleo en el alma que sentiremos cuando Messi y Ramos se estrechen la mano es exactamente lo que somos, son todos los pasos que hemos dado y que nos han traído hasta este saque de centro. El pretérito fulgor que sin duda echamos de menos y que para nuestra fortuna siempre vuelve. Esta vez un par de veces al año.

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