Un grito de trascendencia

Crónica del FC Barcelona 5-0 Real Madrid. Un viaje en el tiempo

“Flotando nada puede tocarnos
Inquebrantables piedras preciosas en el espacio
Y aunque el peligro siga asechando
Nos concentramos en la belleza de los contrarios
“.

La historia del hombre que quería volar pero no sabía cómo, Izal.

Había algo de mentira en aquella noche. De sueño. El fútbol, que siempre se encarga de desmentirnos, de llevarnos la contraria y empequeñecernos con furia, procuró tejer, aquella noche, algo más que un partido. Nos dio la razón, quizás demasiado. Aquél FC Barcelona era irrealmente bueno y el fútbol lo confirmó. Con crueldad. Fue la noche en dónde Leo Messi dominó retándose a sí mismo, explicándole al fútbol que se puede dominar siendo delantero y no marcar ni un gol, la de Xavi, en la cúspide, la de Iniesta y sus hilos invisibles, la de Pep Guardiola y la sublimación de algo que perseguía y le quitaba el sueño. El Barça, durante 95 minutos, fue un equipo de mentira porque aquello no fue fútbol. Fue otra cosa.

Caía una capa de lluvia considerable en Barcelona. Era un lunes. Mourinho regresaba a la trinchera que le recibió con sangre y gritos y de la que se fue bañándose, dedo índice apuntando al cielo. Regresaba confiado. Líder. Su Madrid carburaba al ritmo de Özil, Alonso, Di María y Cristiano Ronaldo. Un equipo hambriento que quería probar la victoria. Pero aquella noche, lunes negro de noviembre, daba igual el rival. Daba igual todo. Había once tipos con una misión, ojos inyectados en sangre. El FC Barcelona de Pep Guardiola saltó como solo se puede saltar cuando estás ante ti mismo, cuando la inmortalidad te abraza y te susurra que te dejes caer. Bastaron diez minutos para que el Barça dejase claro que nada de lo que iba a hacer el rival en aquel lapso de tiempo iba a importar. Solo competían contra ellos mismos.

El balón flotaba, como si alguien estuviera soplando, quizás el Dios del fútbol, y algo frenase a los madridistas en su empeño de poseer el cuero. La pelota, siempre caprichosa, correteaba en triángulos, rombos, extrañas figuras geométricas pensadas por Xavi y orquestradas por un ejército de bailarines asesinos que se movían como volando. Es extraño añorar algo que no sabes qué es, que decía Foster Wallace. Aquella noche, todos, jugadores y aficionados, sintieron una añoranza que cristalizaba, que se abría paso hasta quedar en la superfície, invisible pero dejándose sentir. Pedro y Villa se turnaban para torturar las alas del Real Madrid mientras Messi aparecía por todos lados. La exuberancia del argentino era emocionante.

Se jugaban dos partidos muy distintos. Ya con el 2-0, tras dos jugadas serigrafiadas con mimo, el partido se abrió en canal. No quedó rastro de Mourinho, de su Madrid o de su aura. El Barça, o lo que fue aquel equipo, lo aniquiló todo. El balón no paraba jamás más de dos segundos, Busquets, Xavi e Iniesta, qué sapiencia la del manchego, jugaban como si ya hubiesen jugado aquel partido. Cada jugada estaba dentro suyo, solo tenían que reproducirla. Había algo, mucho, de mentira en sus movimientos. Estaban siempre donde el Real Madrid quería que no estuviesen. Y, tras dos minutos de toque vertiginoso, Leo Messi aparecía para detonar la jugada. Leo tuvo tiempo hasta de intentar uno de esos goles que solo él puede pensar en hacer. Los no goles de Messi son casi tan bestias como los goles. Solo el poste se lo negó aquella noche.

El segundo tiempo fue aún más inclinado hacia la portería de un Iker Casillas que solo podía quejarse. El Barça olió el miedo, y lejos de masacrarlo de un manotazo, lo fue envolviendo con un juego sedoso pero amfetamínico. Me gustaría saber qué dijo Guardiola en el descanso si es que hay algo que se pueda decir. Probablemente no dijo nada. O sí. Xavi seguía absorbido por la idea de jugar, no al fútbol, a algo que jamás se había jugado. Se multiplicaban las combinaciones, los taconazos, las paredes. El hiperactivo y añorado Dani Alves corría y corría, preso de una adrenalina caníbal, robando balones y alimentando a Messi sin parar. No ha habido mayor fuente de combustión que aquella banda derecha. El Camp Nou era un “oh, oh, oooooh” constante. Aplausos. La sensación de estar presenciando un partido que buscaba sin cesar ser algo más que un partido. Un grito de trascendencia.

Lo mejor que se puede decir del partido es que lo de menos fue el resultado, que a la vez fue lo de más. Dieron igual los goles si cinco, seis, siete o dos. El FC Barcelona acabó con aquel Real Madrid y, a la vez, puso la semilla del que vendría después. Le obligó a mirarle a los ojos con lo que ello suponía. No ha habido, jamás, una exhibición de tal calibre. Al acabar el partido todos seguían mirando a Xavi, Iniesta y Messi. El fútbol nos mintió. Ahora nos damos cuenta de la ilusión que, a la vez, fue lo más real que vimos.

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