Hay esperanza en la deriva

“Cualquier tiempo pasado fue mejor”. “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, como definición de la inexistente transición llevada por el club de su época más gloriosa hasta la actualidad. Cualquier seguidor del Barça que repita mentalmente esta afirmación probablemente hoy día obtendría la misma conclusión. Y le supondría el mismo dolor. No importa a qué época se refiera. No estamos bien. Estamos tocados, atravesando unos días raros en los que la salud toma la relevancia que merece y lo demás queda en segundo plano. Por ello, debemos aprender a vivir sin deporte, sin droga que nos anestesie y haga olvidar, buscar la evasión… o victoria. “Habrá que inventarse una salida”.

Demasiado tiempo libre, demasiado silencio e inacción. Un silencio roto por el libertinaje (que no libertad) de prensa. Un silencio roto por la figura más transgresora, visionaria y adelantada de la historia del club: Johan Cruyff, de cuyo fallecimiento se han cumplido cuatro años estos días, ha vuelto a poner en duda la gestión de los actuales mandatarios. Siempre presente hasta cuando está ausente. Dios santo, ni morirse sabe, el muy cabrón. Está claro que se le echa de menos, sobretodo fuera de un club cuya directiva al completo cumple a rajatabla el estado de alarma, haciendo excepción para negociar una rebaja salarial importante a la primera plantilla, sumado a un ERTE (legal y comprensible por el confinamiento pero que deja en evidencia la salud económica) con las diferentes disciplinas deportivas que supondría un ahorro estimado de 800.000 €, y para dejar claro que el club no devolvería a sus abonados el importe equivalente a los partidos como local que el equipo no pudiera disputar. Seny, pit i collons. “Ya no hay timón en la deriva”.

“A Cruyff nunca se le dio bien morirse del todo…” [Rafa Cabeleira]

En la parcela deportiva, el estado de alarma ha concedido una tregua a su timonel. Quique Setién, que no se estaba sintiendo todo lo cómodo que cabía esperar, estaba vislumbrando problemas a la hora de implantar esa idea que tanto ilusionaba a la afición y, en cambio, reinaba por su ausencia. “The Sound of Silence”, cantaban Simon & Garfunkel. El sonido del silencio. A veces, forzado. A veces, involuntario. Bien por la exigencia desmedida e inmediata, bien por la falta de recursos (14 en su más afortunado momento. El número de Cruyff), el equipo carecía de esa fluidez que caracteriza la idea del técnico cántabro. Lo que prometía ser y no llegaba. Aquella conversación en Tinder que no trascendió a la realidad. No obstante, existen detalles que dejan latente que los jugadores están escuchando y aprendiendo de su idea, que su intención es real y certera, no transitoria. La salida de balón por raso y las triangulaciones son innegociables. Amén de pulir la puesta en práctica, la teoría la tienen clara. Por algo se empieza. Falta darle forma para obtener el tan ansiado y complejo juego de posición. También Setién era consciente de que no había dispuesto del tiempo suficiente. Quince minutos parecen pocos hasta que llega el descanso de un partido. Ahí se convierten en mucho, “Cada cual que tome sus medidas”.

Con el liderato en Liga y un resultado, a priori, beneficioso para la vuelta de octavos en la Champions, la situación de calma chicha se había adueñado del entorno. Si a Setién le apretaba el cinturón de las prisas, el parón vital mundial le ha otorgado margen para estudiar. Si Martin Braithwaite había caído de pie en el vestuario por entender su rol en el equipo y aunar cualidades suficientes como para cumplir de inmediato, le ha debido doler este parón como un bofetón por la espalda. A la vez que el tiempo pasa sin que pueda disputar más minutos, éste (siempre caprichoso) permite que Suárez y Dembélé “aceleren” su proceso de recuperación y puedan llegar en condiciones de participar en el tramo final de temporada que Rubiales está empeñado en disputar. “Sea como sea”. El tiempo lo dirá. Además, el danés no está inscrito en competición europea, lo que su abanico de posibilidades se reduce a la Liga. El tiempo pasa y pasa para todos. Quizá sea el mayor afectado por el maldito coronavirus. “Que el destino no nos tome las medidas”.

Por otro lado, si a la directiva se le empezaba a cuestionar seriamente tras el último escándalo de las cuentas en redes sociales, el parón le ha dado la oportunidad de volver a respirar. Hasta nuevo aviso, que la cuarentena promete tomárselo con calma. Quizá el tiempo haga que la gente se centre en lo realmente importante y se olvide de las nimiedades, pero tienen que asumir que el club está sumido en una crisis institucional galopante y vergonzosa. Probablemente la mayor de su historia. Todo esto a pesar de un Messi que ha mantenido a flote a toda la entidad, liderando resultados para alzar títulos, cavar su propia tumba y, desgraciadamente, manteniendo con sus victorias a una directiva cegada por eliminar el sello Cruyff. Y no deja de ser irónico que traten de borrar su legado mientras lo utilizan para perpetuarse en el poder. Por eso esta crisis no debería caer en el olvido. La única vía sana que se intuye es vía elecciones, un aire fresco que nutra de ideas nuevas el organigrama, deje atrás la ingeniería contable en las cuentas y revitalice el trabajo desde la base del club, que es lo que ha hecho ejemplar a una institución que está siendo saqueada. Es en las crisis donde se producen las revoluciones necesarias y desde el filial vienen unos cuantos revolucionarios, así como en las urnas. “Hay esperanza en la deriva”.

 

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