Y el violín dejó de sonar…

FUEGO A DISCRECIÓN | Jorge Ley

Josep María Bartomeu apareció frente a la masa social acuartelada por todo el territorio nacional avisando que no veía razones para dimitir, que no se le pasaba por la cabeza, acusando un victimismo ofensivo para un alto mando y pasando página violentamente de la crisis institucional advirtiendo de, ojo, “un proyecto muy interesante”; un día después, ha saltado por la ventana como si fuera Michael Keaton en Birdman, entre el pasmo de todo el mundo, y, puesto a dar un último gran espectáculo viral, se erigió en defensor de la salud del soci, anunció su censura a la Generalitat y, de paso, que votaría al PSC en las catalanas. El discurso fue indignante para cualquier ser elemental y una amenaza de carácter vital para los polígrafos, pero la tónica era la misma de siempre: Descarada y mentirosa, contradictoria y ruin. Hay quien le reprocha al president expulsado del paraíso que se traicionara a sí mismo con un tono altivo y agresivo propio de un perfil inquisitorial. Es un grave error de diagnóstico; cabe contemplar, en todo su esplendor, la figura real de Bartomeu. El personaje minúsculo que defiende una moción como mecanismo democrático y la torpedea con singular alegría y métodos gansteriles. El que culpa al govern (“Irresponsable”, dice el inexplicable iluminado) de atentar contra la salud pública y que ha estirado todos los plazos existentes negándose a constituir un protocolo de actuación acorde a estos tiempos para ejercer el derecho al voto. El que han disfrutado los chilenos, por ejemplo, esta misma semana. Había que asistir a esa montaña de decadencia, que se hacía más y más patente conforme avanzaba el discurso kilométrico del sucedáneo fallido de Fidel Castro, para dar cuenta del pozo sin fondo ético e intelectual que ha dominado el FC Barcelona estos últimos años.

Es un final de la escapada tétrico, pero argumentalmente impecable. Digno del gran guionista que tan buenas tardes nos ha regalado a los columnistas y tan malas noches ha inoculado en los culés. Allí explicó el president del triplet y trident, ese eslogan de consecuencias irreparables, los que, según relato oficial, constituyen sus éxitos principales. Sumó a su gestión parte de la herencia de Rosell, pero no seré yo, desde luego, quien niegue las notables evidencias, y mencionó una cascada de méritos, entre impresionantes balbuceos, a los que bien se les podía colgar la etiqueta del laportismo. Además de una serie de generalidades que igual te sirven para valorar al Barça o un mercado de pulgas. El maquillaje es natural en la despedida, por supuesto, pero su exceso resulta obsceno cuando la masa social de la que te haces cargo se ha pasado una vida pidiéndote un mínimo de decoro y una rendición de cuentas postergada para la eternidad. Cuando un voto de censura está a la vuelta de la esquina. Pero el mudo en jefe tenía como objetivo sacar a pasear la lengua hasta que ya no pudiera más. Se acababa el reflector. Y así fue dejando caer, aderezando el interminable ejercicio de la autocomplacencia, que habían comprometido el club con una superliga europea, ahora mismo en pañales. Y que seguían maniobrando los números contables del Barça con tal de no tragarse los muertos que su gestión ha ido dejando. Mencionó a Goldman Sachs como ese tío que pasa por allí y presta dinero sin contraprestación alguna. Una Junta sin legitimidad, ni credibilidad pero que no se daba por enterada del resultado apabullante de las firmas censoras y sus incontenibles consecuencias. Cosa normal si tomamos en cuenta las catástrofes europeas a las que esta gente respondió dando tumbos y mil excusas.

Y fue así, tocando el violín, pasando del tema Messi como si nada ocurriera, que la Junta bartorosellista interpretó sus últimas piezas al frente del FC Barcelona. Dejando como lección ensordecedora que, algunas veces, la nulidad no soporta el talento. Y que el talento puede ser definitivo más allá de su ámbito habitual de competencias. Lo primero explica el enfrentamiento de estos tecnócratas grises con Alves, con Piqué, con Guardiola, con Johan y, naturalmente, con Leo Messi. El eslabón de la cadena que ha precipitado una caída que debió haberse producido cuando Rosell y Bartomeu eligieron salvar su pellejo utilizando al club como escudo jurídico. Ahora se marchan en bloque alegando una conspiración independentista. Bien está. Pero que desahoguen sus frustraciones desde el salón de su casa y no al alcance del botón nuclear.

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