AQUELLA CAMISETA DEL ARSENAL

Formo parte de ese grupo de personas golpeadas por la muerte temprana de un familiar cercano, algo que hace mella en fechas como éstas. Un colectivo al que cuyos miembros nunca hubieran querido unirse. Pese a todo, vivir con esa pena te enseña otras cosas. Otras sensaciones antes desconocidas. Y es que no hay mal que por bien no venga. Ni siquiera ante la parca. Porque nos quedan los recuerdos, los cuales elevamos a un nivel superior tras esa experiencia de vida.

En mi caso, todo lo relativo a mi madre pertenece a un olimpo de sensaciones y fotografías que guardo dentro de mí y que, en cierto modo, la convierten en inmortal. Como si todo hubiese sido perfecto. Como si nunca le hubiese dado disgustos.

Y, claro, ahí tiene cabida el día en que me compró la camiseta del Arsenal. Fue en la clásica jornada en que tu madre te pilla por banda y te lleva a Portal de l’Àngel a comprarte ropa nueva porque “ya está bien, que vas hecho un gitano”. Y tú asientes, resignado primero, pero esperanzado después ante la posibilidad de sacarle algo en un descuido. Y no es que con ella eso fuera fácil. Era una negociadora como pocas. Sacarle 100 pesetas sin venir a cuento suponía todo un reto. Con ella, el pero si van todos no surtía efecto, al menos de inmediato. Primero había que conseguir el teléfono de unas cuantas madres por si pasa algo. Y no crean que mi madre era un ogro, no. Mi madre era un ángel. Si pudiera cambiar solo una cosa de esta vida sería, sin duda, haberla hecho sufrir menos.

Pero situémonos en aquella tarde veraniega en el centro de Barcelona. En aquel instante en que el amarillo eléctrico de la camiseta del Arsenal me entró por la retina y se me clavó en el corazón. Desde ese momento sabía que tenía que conseguirla. Era la zamarra de un equipo muy representativo de la época con una compañía de videojuegos como sponsor. Una mezcla irresistible para un adolescente en el cambio de siglo.

La prenda era de la campaña 1999/2000, momento en que el equipo de Wenger empezaba a dominar en las Islas pero tenía problemas en Europa. El propio Barça dio buena cuenta de ello en Champions, en una minietapa en que se jugaban dos liguillas antes de llegar a cuartos de final. Los Gunners cayeron a la Copa de UEFA, competición en la que luego perderían la final ante el Galatasaray en la tanda de penaltis. No recuerdo cuánto valía, si era verano de 1999 o de 2000 (y si, por tanto, estaba a precio de outlet) o si me costó un mundo convencer a mi madre. Sólo sé que volví a casa con ella.

Michael Reiziger y Marc Overmars, en una acción de un Barça-Arsenal de la Champions 99/00

No fue mi primera camiseta de fútbol, ni mucho menos. Pero sí de la que guardo un primer recuerdo claro. Años más tarde, ante la clásica despreocupación juvenil, se la presté a un amigo. Y no volví a verla. Y, ya saben, no hay nada peor que añorar lo que nunca sucedió, más todavía para un nostálgico.

Así que, tras meses de escudriñamiento en eBay, Wallapop y otros portales para hacerme con ella a un precio razonable (la pieza está por las nubes), el otro día di con un serbio que cumplió con las expectativas. Si les sirve como consejo, los vendedores del este de Europa (Polonia, Chequia, Serbia) suelen tener buenos productos en esta suerte que conocemos como coleccionismo vintage y en que términos como trikot hacen fortuna. Tras un regateo pocas veces permitido en la conocida aplicación de subastas, la conseguí por algo más de 50$ con envío incluido.

No es la misma que me compró mi madre en aquella tarde de hace dos décadas. Pero lo que significa ese amarillo y esa inscripción de SEGA en letras de terciopelo va mucho más allá del valor material. Además de ser una camiseta de culto, esa prenda me une más que cualquier otra a su recuerdo. ¿La habría vuelto a adquirir si siguiera entre nosotros? Difícil saberlo. Ella falta desde el verano de 2011, hace casi diez años, que es casi el mismo tiempo que transcurrió desde que me compró esa camiseta hasta el día en que nos dejó. Es inverosímil la relatividad del tiempo. Produce un vértigo tremendo.

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