Una hostia como regalo de Reyes

Cuando tenía nueve años leí por primera vez que Xavi Hernández estuvo a punto de salir cedido al AC Milan. En plena época de colección de cromos de la primera división hechos por Panini y de Pros Evolution Soccer para demostrar ser un verdadero forofo, la verdad es que me chocó pensar que eso podría haber sucedido. “¿Cómo podía ser posible que ‘nuestro’ Xavi hubiera estado a punto de jugar en otro club que no fuera el Barça?” me preguntaba. Además, con el recuerdo del triplete aún reciente -eran finales de 2009, en plena temporada 2009/2010-, todavía me chocaba más. Era una realidad que tenía el sabor inicial de cuando empiezas a enterarte de que los Reyes Magos ni vienen de oriente, ni son tres, ni son nada de lo que te habían hecho creer gracias a tu bendita inocencia. Ante toda sorpresa, porque era muy sensible, la suerte fue que no me afectó. Ambas cosas eran “banales”, así que simplemente me sentí afortunado por poder disfrutar del ‘6’ y de tener una familia que se esforzaba tanto en hacerme disfrutar.

Cuando creces sabes que el Día de Reyes no es lo mismo, te guste o no, pero intentas mantener la misma ilusión. Sí, es cierto que el spoiler ya te lo has comido, pero sigues comprando regalos con la misma ilusión: la de iluminar los rostros de la gente de tu alrededor. También hay veces en las que no aciertas con el juego de mesa, libro o videojuego que escoges, pero la intención es lo que cuenta. El caso del FC Barcelona con la cantera no deja de ser el mismo. Cuando tienes una generación (o un grupo en el caso de Xavi y compañía) que consigue tantos éxitos tras años de mucho trabajo, siempre te planteas si será la última ‘buena’. Por suerte la historia nos da muestras de que la Masía no se queda escasa de talentos que pueden funcionar en Can Barça. Tampoco de los casos totalmente opuestos, de los que acaban como juguetes rotos dentro de lo inmenso mundo que es el fútbol. ¿Y cómo podemos salir de dudas? Pues haciendo pruebas con cierta continuidad.

Sin embargo, lo que pasa a veces con el Día de Reyes es que la ilusión se rompe. Que los regalos los haces porque sí, por consumismo u obligación, pero no porque te nace por dentro. Que compras el producto más caro para intentar quedar bien mientras obvias que, a lo mejor, lo que quería tu allegado era algo más sencillo y que le escucharas. Una hostia de realidad en fechas frías y festivas. En clave Barça, esa ha sido la situación de Carles Aleñá, que por segundo año consecutivo se va cedido a mitad de temporada. A excepción de casos como el de Ansu Fati, lejos queda aquel club que intenta dar oportunidades relativamente continuas a sus canteranos. 

La salida de Aleñá al Getafe de Bordalás sabe a billete de 20 euros como regalo de parte de una persona que considerabas familia, pero que es tan valiente que le encomienda el marrón de la entrega a tu abuela porque “no tiene tiempo”. Y luego, por caprichos del destino, te encuentras a la que el reloj le va más deprisa que al resto en el mismo centro comercial con una bolsa llena de regalos, de los cuales sabes que ninguno tiene tu nombre. El resultado es la decepción, porque todo esto llega sin haber hecho nada malo. Carles saborea esa tristeza, ya que desde la nevada meseta, ve cómo Koeman se queja de que no cuenta con tantos mediocentros cuando él mismo facilitó su cesión. Contradicciones en toda regla que no dejan de doler, independientemente de la edad.

Luego intentarán fichar otro mediocentro, subir otro canterano que no cuenta con las cualidades que el Barça necesita o llenar las portadas con nombres de cracks para intentar colártela. Pero la realidad es que, como aquellas personas que no tienen tiempo para ti en Reyes y que luego te encuentras en el mismo comercio, lo hacen por cumplir. Porque para según qué cosas, en este caso la gestión de las oportunidades a los canteranos en el primer equipo, parece que no hay nadie al volante, o al menos que sea capaz de pararse a pensar en una situación en concreto. A lo mejor Aleñá de niño no era el mejor de los ejemplos como persona, no lo sé, pero como futbolista en el FC Barcelona hacía lo que debía: ayudar a la circulación de balón, posicionarse correctamente y, por ende, estar donde se le necesitaba. A veces el Día de Reyes -o las fiestas navideñas dependiendo de cada uno- son una tremenda mierda porque te cae una hostia que no te esperas tras años de felicidad, algo que parece ser el reflejo de la cantera y las cesiones dentro del club.

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