VERANO 2000

Los meses de calor del año 2000 tuvieron magia. Quizá no tanta como los de 1994, pero sí más que los de 2004. Aquel verano, además, se jugó la Eurocopa de Bélgica y Holanda. Un torneo que ganó Francia. Zidane y compañía se llevaron el metal a casa porque fueron los mejores. El adorno en la vitrina, para el mejor equipo. Pero la Eurocopa fue de Totti. El relato lo ganó él. El apuesto bambino romano apareció de pronto en las vidas del gran público, en una época todavía pre-parabólica, cuando el mayor contacto con el fútbol internacional se daba en torneos de selecciones. No existía Movistar Liga de Campeones ni DAZN, ni siquiera beIN Sports. A lo sumo, algún paquete de Vía Digital o algún dial de Canal + como Sportmanía.

Y en ésas surgió Totti, que fue el Panenka de nuestra generación. Como al checo que hoy da nombre a una excelsa revista sobre cultura futbolística, también le vimos lanzar un penalti con globito, en su caso para ganarle una semifinal a una de las anfitrionas. Lo hizo, además, con un posado más tranquilo que el de una foto, una celebración de postal y una cinta solo apta para elegidos. Porque sí, su carisma nos desbordó. Y ya saben cómo reacciona el ser humano ante esa atractiva cualidad. Envidia o rendición. Desidia impostada o adulación exacerbada. No hay término medio ante el carismático. Mi hermano y yo, 11 y 13 años respectivamente, lo tuvimos claro desde el principio. Con sendas almas todavía alejadas de las impurezas adultas, optamos por mostrar debilidad ante tal derroche de luz.

Además, en aquella época, la selección italiana había fiado sus diseños a Kappa. Y la marca transalpina, en un claro alarde de orgullo patrio, ideó el modelo Kombat. Una camiseta ceñida al cuerpo que no caía igual sobre Totti que sobre Pessotto, obviamente. Y que luego replicaron el Betis, el Auxerre o el Racing de Santander tanto a través de la marca de las siluetas sentadas espalda con espalda como de otras como Diadora o Uhlsport, aunque no era lo mismo. Una apuesta firme por las figuras hercúleas que también hizo fortuna en la Roma, el otro amor de Francesco.

Años después, todavía rendidos al mito romano, Enric González nos contaría en sus ‘Historias del Calcio’ que aquel osado lanzamiento había tenido una intrahistoria. Sabemos que todo en esta vida la tiene, en realidad, pero leer aquello de “Nun te preocuppá, mo je faccio er cucchiaio” que Totti le dijo a Maldini, nos hizo elevar aquel capítulo veraniego a una categoría mitológica.

Pero antes pasaron más cosas. Como era habitual entonces, aquel periodo estival a caballo entre dos siglos terminó de la mejor manera. Mi tío era hace dos décadas un ser guadianesco, que desaparecía para vivir la vida lejos de Barcelona y aparecía para colmarnos con algún capricho en fechas señaladas. Tanto mi hermano como un servidor nacimos en época de playa. 1 de agosto y 2 de septiembre, como si de ahí naciera un acorde sanferminesco. Nuestro cumpleaños siempre coincide con las vacaciones. Y en el caso de mi tío, la fórmula de la felicidad era clara: “os compro lo que queráis”. Con 14 y 12 años, la época inmediatamente previa a que los regalos pasen a ser un sobre con billetes, que un familiar adulto te pille por banda y te lleve al centro de la ciudad sin condicionantes suena a fantasía. Sin restricciones, habida cuenta de que ya habíamos desarrollado un cierto sentido de la responsabilidad y no íbamos a pedirle una PlayStation o algo que atentara contra su economía hedonista.

No hubo conversación previa ni pacto tácito. Simplemente, los astros se alinearon solos. Dani pidió la camiseta de Italia y yo la de la Roma. Los dos pensamos en Francesco, claro. Él optó por la serigrafía. TOTTI 20. Yo me abstuve. Una mala decisión, puesto que años más tarde opté por un dorsal fake del que todavía me arrepiento. Pocas cosas afean más una prenda de culto que un elemento ajeno.

Hace unas semanas me acordé de aquella Kappa azzurra. Pensando que todavía la tendría, mensajeé repetidamente a mi hermano tratando de rescatarla. Él creyó haberla perdido. Fui a casa, revolví todos los cajones y armarios y, efectivamente, no había ni rastro de ella. Pese a que aquella camiseta nunca fue mía, le tenía un cariño especial. Y la pareja debía reunirse de nuevo. Italia y Roma, los dos amores de Francesco, querían dormir de nuevo bajo el mismo techo.

Volví a comprarla, claro. ¿Son las camisetas de fútbol un simple trozo de tela? ¿Qué son los recuerdos? ¿Es la nostalgia ventajista? ¿Qué la diferencia de la memoria? Quizá nunca tengamos respuesta a esas preguntas, ni siquiera cuando, en 2040, encontremos en el kiosco una revista que llamada Totti. ¿Todavía existirán los kioscos?

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