El final acorde y la fantasía naciente

FUEGO A DISCRECIÓN | Jorge Ley

Y el bartorosellismo fue. En un principio, cuando La lona (TM) no había aparecido en nuestras vidas, parecía que sería extirpado por la modernización tecnócrata de Víctor Font, un hombre que de tanto innovar se innovó hasta la campaña en mitad de la carrera, y que perdió el norte buscando la diferenciación con el que renovaba ilusiones básicamente porque se lo merecía. A diferencia del postulado tan cansinamente cacareado por el Buen Saber (TM), el fuerte del Jan jamás fue el recuerdo, sino haberlo construido. Y ha sido sido su zarpazo el que ha dejado en los huesos al neonuñismo. En un raquítico 9%, un resultado tan minúsculo que habría que ir a buscarlo en un breve de una revista de socialité. Es la relevancia pública que han labrado. ¡La meritocracia, pues! Y hay que estar tranquilos. Si Laporta ha pactado algo con las terminales de poder, muy dudoso comprobando el caluroso recibimiento mediático, está claro que el soci no. Porque en la encrucijada existencial más seria del club en décadas, ha devuelto a su hábitat natural al neonuñismo, el lugar preciso que los estómagos agradecidos que tan bien han vivido (y animado) esta última década de demolición de la herencia recibida han adornado. Que es como lucrar con los restos de la Capilla Sixtina futbolística.

Tiene su mérito. El neonuñismo siempre ha sido, entre otras indescriptibles penurias, un nicho de fieles devotos para los que ir a votar en contra del Laporta de turno representaba su Champions particular. Y los entiendo. Debe ser difícil no tener nada propio a lo que agarrarse porque todo lo bueno que no lograron destruir se le podía colgar al pasado glorioso y no a su presente de dianas y odios. Esos rencores resultan poco provechosos para el buen gobierno, como sus agitadores, pero son un poderoso catalizador electoral. Lo habían sido, al menos. El final tortuoso del bartorosellismo, noches en el calabozo incluidas, fue difícilmente soportable hasta para el neonuñista de pro, que ha bajado de la grúa de demolición para sumarse a la insurgencia o ha preferido no interferir quedándose en casa. ¡Y es de agradecer ante el agujero negro solapado! En ese sentido, poca culpa ha tenido Freixa. Que no deja de ser un tipo cuya mayor gloria han sido sus remontadas twitteras y que tan bien representaron su paso por esta campaña: Una intentona fantasmagórica, irreal y contraria a la urgencia de los tiempos.

Todo lo que no ha sido Laporta. El hijo pródigo del cruyffismo desenfrenado y desacomplejado. El que se arrimó a la figura del gran patriarca blaugrana porque entendió, como cualquier culé de orden y éxito, que su manera de entender el club era la vía rápida a los triunfos y la historia. En 2015 pasó sin pena, ni gloria por una campaña electoral que ni sentía propia. Jaleado por los amigos, según declaró. El triplet y trident habían matado cualquier aspiración de una disidencia no tan organizada como ahora. Y con ello el futuro inmediato del club. Ahora vuelve a la poltrona de un Barça a punto de la bancarrota, destrozado institucionalmente y desmantelado desde sus cimientos fundacionales. Es decir, vuelve a un Barça peor al que recibió en 2003. No es una tarea envidiable, desde luego. Pero apelar al cruyffismo y ejecutarlo, más que utilizarlo para vender crecepelo, promete cosas mejores que el rencor sin brújula que el barcelonismo ha soportado la última década. Ya ha comenzado haciendo cariños a Messi y no encuestas sondeando su posible venta. Ahí, en ese micro guiño, hay más identidad de club que en 10 años de gestores bajo sospecha, grises y paquidérmicos que se salvaron de prisión lanzando a la institución debajo del autobús de la justicia. Quizá, y solo quizá, a falta de revisar los expedientes que los juzgados tienen bajo llave, su peor legado.

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