De aficionados a consumidores

La Superliga vio la luz este domingo por la noche. Una competición que se vislumbra como la rebelión que empezó en los 90, que potenció la fuga de la élite británica hacia la Premier y que lanzó el nuevo formato de la Champions. Nada es nuevo. Los cambios son inevitables, y aunque nos mostremos reacios, la ley del más fuerte siempre acaba imponiéndose. ¿De verdad nos sigue sorprendiendo que el rico quiera ser más rico? La noche del 18 de abril de 2021 se asemeja y mucho a la del 15 de diciembre de 1995, cuándo se aprobó la gran estocada al fútbol: Como resultado de la aplicación de la Ley Bosman, la mayoría de clubes europeos de primer nivel de hoy en día pasaban a estar formados por jugadores de muchas nacionalidades diferentes, ya que no existiría limitación en cuanto al número de jugadores de la Unión Europea que estos pueden fichar. Las ligas importantes gobernarían, dejando a banda entidades históricas cómo el Ajax de Ámsterdam o el Celtic de Glasgow. Y nosotros sin decidir nada.

La Superliga es inevitable, simple consecuencia del mundo en el que vivimos. Los intereses del aficionado medio, visto como un consumidor, nunca han sido escuchados por las instituciones. Los clubes, de nuevo, han decidido romper con el orden establecido, haciéndose cómplices de dinamitar la esencia del fútbol que murió hace ya demasiados años. La Superliga no supone la muerte del fútbol, ya que el fútbol dejó de serlo hace décadas. No es necesario demonizar la acción de ayer, pues el balón cayó por el abismo hace tiempo. Yo no odio el fútbol moderno. Ni el antiguo. Lo que no me gustan son ciertas formas de operar de la gente. El fútbol evoluciona y te adaptas, o te mueres. Ahora, el cómo se evoluciona, califica. Y pone a cada uno en su sitio.

La única confrontación existente es la de la élite contra todos y cada uno de nosotros. Los nuevos formatos de competiciones internacionales, los Mundiales de Rusia y Qatar, la distribución de plazas de Champions, la recóndita Conference League, la superflua Nations League, los partidos en Tánger o en Arabia Saudí, los amos millonarios o las Sociedades Anónimas. Es evidente que este invento es un negocio para lucrarse. Obvio, como casi todo lo existente en el fútbol y en la misma vida. Lo inviable nunca encuentra recorrido. El truco está en localizar un punto de equilibrio y potenciarlo.

Se avecina una batalla legal sin precedentes. El anuncio de la Superliga busca presionar una UEFA que ya ha presentado un nuevo formato de competición para la Champions previsto para la temporada 2024/25. El modelo actual ya no tenía más recorrido, hecho que hacía urgente la reforma. El fútbol es industria, y como tal, no se iba a quedar al margen. Sea como fuere, las entidades que aún son nominalmente propiedad de los socios, tendrán que aprobar en asamblea la implicación de sus clubes en el embrollo de la Superliga. ¿O ya pasamos de los socios?

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