Pedri, año I tejiendo el descosido blaugrana

La condición humana está dotada de mucha memoria, seguramente más de lo imaginable. Todas las vivencias mueren para que afloren unos recuerdos que, sean para bien o para mal, azotan nuestro cerebro y lo amoldan a su antojo, haciendo de cada persona un álbum de fotos en constante creación. En el imaginario colectivo de todo barcelonista durante esta última década hay un sinfín de memorias, muchas de ellas nostálgicamente agradables, pero algunas tristes.

El relato forjado cada tres días por Dani Alves, Xavi Hernández y Andrés Iniesta como grandes acompañantes del Leo Messi más brutalmente imparable se fue diezmando por la falta de reemplazo de un talento histórico que se iba desvaneciendo de forma paulatina. En otras palabras, la magnífica red tejida por todos estos nombres que hacía del Fútbol Club Barcelona un equipo absolutamente superior a nivel competitivo y de juego se vio tijereada hasta la extenuación. Solo Sergio Busquets, contra viento y marea, logró aguantarse cual funambulista en el único hilo restante del centro del campo.

Entre la nuñista falacia del músculo y la prematura vejez de Busquets, el descosido blaugrana agradeció como agua de mayo la llegada de Frenkie De Jong en 2019. Pese a su desencajado primer año, el físico, la técnica y el nivel del neerlandés guiaron el camino hacia dónde debía enfocarse el centrocampismo culé. Frenkie era ese tipo de futbolista que el aficionado culé deseaba. Y añoraba. Ahora faltaba la otra pieza del interior.

Doblemente afortunada para el Barça fue la llegada de Pedri en 2020. La inclusión del canario en el once no solo representó la vuelta completa al cuidado casi empalagoso del balón, sino que también encarnó una elasticidad, plasticidad, resistencia, adaptabilidad e inteligencia puesta al servicio del equipo desde el primer día. Más que nada, porque era necesario. Tras arrastrar en la 19-20 un De Jong casi pisando la zona de Busquets y la permanente horizontalidad de Rakitic, el Barça pedía a gritos un interior que esperara a recibir el balón más cerca de la frontal que del círculo central. Un jugador que alimentase más a Messi que a Busquets.

Pese a que tras su extraordinaria primera temporada hayamos podido ver en Pedri un interior o mediapunta soberbio, Koeman se topó con él en agosto de 2020 como a quien le toca la lotería y no sabe por dónde empezar con las compras. De forma lógica, el neerlandés probó de limar este diamante en bruto desde distintas posiciones. En el Clásico del Camp Nou, Pedri jugó de extremo derecho en el 4-2-3-1 de los primeros meses del curso. Cuatro días más tarde, en el Juventus Stadium, Pedri cuajó una de sus actuaciones consagratorias (¡en su séptimo partido oficial!) como extremo izquierdo. Incluso llegó a colocarse en el doble pivote contra rivales encerrados como en Mendizorroza en el empate 1-1 contra el Alavés. Llevara el vestido que llevara, Pedri se sentía con el smoking más elegante en cualquier posición.

La afición culé no podía no reprimir el hype por Pedri. Y con razón. Su juego evoca inevitablemente una foto muy marcada en los álbumes del Barça y en las memorias de los barcelonistas; la de Andrés Iniesta. Descaro para el regate, potencia en el tren inferior, cambios de ritmo en el barro, toques de balón con magia… todo ello sumado a una lectura de juego sorprendentemente exquisita, hace de Pedri un centrocampista que sin haber pisado aún la veintena ya pisa —y con mucho acierto y determinación— las zonas más dañinas entre las líneas rivales. Esta misma función que hace el canario como antes hacía el manchego se ha antojado clave en la definición de un centro del campo con un sentido, sobre todo, colectivo, que teje las jugadas con la aceleración de Busquets, el ritmo de De Jong y la falsa pausa de Pedri, que hiere el sistema nervioso de una defensas contrarias sin respuesta alguna.

A riesgo de no saber en qué acabará Pedri, sí se puede adivinar que su primer año hilando la telaraña del centro del campo culé es abrumador desde lo futbolístico, apabullante desde lo competitivo y terroríficamente insospechado desde lo físico. Y el canario se ha sabido capaz de demostrarlo cada tres días en el Barcelona y en la selección española, lo cual lo convierte en una monstruosidad, si cabe, aún mayor.

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