Dios ha muerto

Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos? El más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído se ha desangrado bajo nuestros cuchillos: quién limpiará esta sangre de nosotros? Todo esto afirmaba Friedrich Nietzsche en su aforismo La gaya ciencia en 1882 y ahora, independientemente de si ha muerto o le han matado, cobra más vigencia que nunca.

El trasfondo real de la famosa frase Dios ha muerto de Nietzsche no es sino una metáfora de que con la muerte de Dios se rompen los cimientos de toda una forma de pensar de la humanidad. Del mismo modo, el fútbol ahora se reconstruye por completo, porque cierra su etapa definitiva en que el Leo Messi de azulgrana destruyó la eternidad de Pelé, absorbió la simbología de Cruyff, heredó la divinidad de Maradona, empequeñeció la implacabilidad de Nazário y superó la voracidad de Cristiano, sublimando así todas las facetas de este deporte.

Por sublimar, Leo sublima hasta la humildad. El argentino nunca ha necesitado que le llamen Dios, simplemente lo es y ejerce como tal. Convocó a todos sus creyentes a las 12 del mediodía un domingo, día del Señor, para mostrarse, irónicamente, más humano que nunca. El -más que probable- mayor generador de felicidad futbolística de la historia se despidió con una tristeza proporcional al legado de lo que es en Barcelona y en el mundo: una absoluta deidad.

Porque en Messi hay que asumir que su análisis, sea escrito, hablado o incluso gritado, siempre será incompleto. La figura del Diez va más allá de lo corpóreo, de lo tangible. A Messi no hay que verlo, hay que sentirlo. Y vivirlo. Es una experiencia tan estremecedoramente mística que el barcelonismo, afortunado de vivirla tan a menudo, comprendió que para disfrutar de Leo con la máxima plenitud posible no hacía falta entenderlo, solamente arrodillarse y rezarle: Si intentas compararlo en evidencia quedarás, se regatea a todos justo antes de marcar. Oh, Leo Messi, Dios del fútbol, marca un gol.

Dios ha muerto, pero su religión no. Empieza el año 1 D.M. (Después de Messi).

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